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Todo es mentira: El plan gratuito que me hizo volver a ver anuncios
Cuando Movistar descubre que lo que odiamos de la tele era lo que más echábamos de menos

A las 21:47, en mi sofá de Vallecas, volví a ver anuncios. No por error. Por elección. Porque Movistar lanzó un plan gratuito que prometía cine y series a cambio de lo único que aún tengo: tiempo. Mi tiempo. Mi atención. Mi capacidad de sentarme mientras venden coches, yogures, seguros de vida que no quiero pero que ahora, de pronto, conozco.
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"En el universo de las plataformas, existen tres categorías de seres: los que pagan, los que piratean, y yo. Yo habito el vacío entre ambas, con el mando en la mano, preguntándome cuándo dejé de odiar los anuncios, cuándo se convirtieron en pausa, en respiro, en momento para ir al baño sin pausar, sin perder el hilo, sin la ansiedad de quien paga por contenido y debe exprimirlo hasta la última gota."
Llevo diez años sin anuncios. Diez años de Netflix, de HBO, de Disney+, de pagar para no ver, para no esperar, para consumir como tarea, como obligación, como deber de suscriptor que debe amortizar la cuota.
Y ahora, de pronto, el anuncio de yogur de las 22:15, el del coche eléctrico que no puedo comprar, el de la compañía telefónica rival que me mira desde la pantalla con ironía. Y yo, que podría saltarlos, no lo hago. Porque son gratitud.
Porque son prueba de que esto es gratis. Porque me recuerdan a antes.
La consulta
He hablado con mi padre, que nunca dejó de ver anuncios, que no entiende mi emoción, que para él es normal, que es su vida entera. Con mi sobrina de 16 años, que nunca los vio, que pregunta "¿por qué no puedes adelantar?", que no entiende la paciencia, que no entiende que el anuncio era comunidad, era conversación, era "¿tú también viste el de...?" que unía a extraños en oficinas, en bares, en la vida de antes.
Todos coinciden: no es el anuncio. Es el ritual. Es saber que estás viendo lo que ven todos, que no eliges, que el algoritmo no te conoce, que eres número, espectador, masa anónima que espera. Y hay liberación en eso. Hay descanso en no ser especial, en no ser perfil, en no ser "porque viste esto te recomendamos esto otro". El anuncio es democracia. El anuncio es azar. El anuncio es lo que queda de tele colectiva.
Mi terapeuta, Elena, dice que es nostalgia de épocas más simples. Que no extraño los anuncios, extraño no elegir. Elena tiene razón. Elena siempre tiene razón. Pero Elena paga sus tres plataformas y no sabe lo que es el anuncio de yogur a las 22:15, ese que ya me sé de memoria, ese que me acompaña, ese que es mío aunque sea de todos.
El veredicto
Anoche soñé que era anuncio. Era treinta segundos de algo que vendía, que interrumpía, que unía. No tenía producto. Solo tenía tiempo. Y paciencia. Y la certeza de que, tarde o temprano, alguien me vería, me odiaría un poco, me recordaría, me convertiría en ritual, en conversación, en "¿tú también viste...".
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"Desperté con la certeza de que, en algún plano publicitario, ya no existo como espectador. Existo como paciencia. Y que Movistar, aunque empresa, me conoce mejor que yo: sabe que necesito pausas, que necesito no elegir, que necesito esta columna como única forma de decir gracias, de decir que los anuncios son regalo, son prueba de que estoy vivo, de que espero, de que soy capaz de no hacer nada durante treinta segundos, de que aún sé esperar, de que aún sé ver, de que aún soy humano en tiempo de algoritmos que saltan, que saben, que no dejan respirar, que esta columna es mi único anuncio, mi única interrupción, mi única forma de vender algo: mi tiempo, mi atención, mi vida en párrafos que nadie pidió, que nadie leerá, que yo escribo mientras suena el de yogur, el de coche, el de seguro de vida, mientras espero, mientras soy gratis, mientras doy lo único que tengo, lo único que soy, lo único que me queda: tiempo, paciencia, atención, vida, que sigo, que sigo, que sigo."
Javier Morales es autor de "Anuncios y otras interrupciones sagradas". Vive en Vallecas, donde la tele es ritual y los anuncios son comunidad, donde todos tenemos un anuncio favorito, donde esta columna es mi único spot, mi única pausa, mi única programación.
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¿Quién fue el de la nota?
Javier Morales es un periodista y crítico de televisión madrileño de 43 años que colabora en La Pantalla Interrumpida, revista ficticia especializada en cultura audiovisual y nostalgia media.
Estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense y trabajó como creativo publicitario durante ocho años antes de dedicarse al periodismo.
Su libro "Anuncios y otras interrupciones sagradas" (Editorial Spot, 2024) defiende los cortes publicitarios como forma de comunidad.
Es conocido en la redacción por tener grabados en VHS los anuncios de su infancia —"mi patrimonio audiovisual"— y por negarse a pagar por plataformas sin versión gratuita con anuncios. Su padre, que nunca dejó de ver TDT, dice que "por fin el chico entiende".
Su sobrina de 16 años dice que "es un boomer en cuerpo de Gen X". Ambas cosas son ciertas.
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